Ayer tuve un encuentro con unos amigos a los que habría que ayudar, pues su mente ha sido eficazmente colonizada. También yo, tras el encuentro, hubiera necesitado ayuda contra la frustración. El caso es que tras ser informados de mi presencia en la mani contra el banderón su reacción fue entre incredulidad (¿hay alguien que va a esas cosas?)y risas de superioridad reaccionaria. En verdad, no me pilló de sorpresa, pues se de qué PPie cojean electoralmente pero comprobé hasta que punto puede llegar el desconocimiento de los símbolos aragoneses y la ausencia de identidad (aragonesa).
Desde el “no teníais otra cosa que hacer, o qué?” hasta el “¿te molesta a ti la bandera?”, pasando por el “nunca antes se ha vivido tan bien en España, mira, que hasta os podeis manifestar contra su bandera”, tuve que aguantar y responder. Por supuesto, preguntados, no me dieron razones objetivas a favor de su colocación más que “Aragón es España”, y algunos ni sabían de donde había salido esa bandera ni tenían, por supuesto, un mínimo conocimiento del significado del Monumento. Para acabar, el más españolista me preguntó (en serio) que si me regalaba una “medida de la Virgen” rojigualda me la pondría en el coche. Sólo tuve que decir una palabra. La decepción se mostró en su rostro.

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